Un postre elegante y simple a la vez, con una crema suave y delicada que contrasta con una capa de caramelo crocante irresistible.
Ideal para sorprender sin complicarse demasiado, con pocos ingredientes y un resultado que parece de restaurante.

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La clave está en los detalles y en respetar bien cada paso.
Ingredientes
- 500 ml de crema de leche
- 5 yemas de huevo
- 100 g de azúcar
- 1 cucharadita de esencia de vainilla o 1 chaucha de vainilla
- Azúcar extra para la superficie (unas 4 a 5 cucharadas)
Preparación
- En una olla, calentá la crema de leche a fuego medio junto con la vainilla. No tiene que hervir, solo llegar a un punto donde esté bien caliente y aromática. Si usás chaucha de vainilla, abrila y raspá las semillas antes de agregarla.
- En un bowl aparte, colocá las yemas con el azúcar y mezclá suavemente con un batidor de mano. No hace falta batir fuerte, solo integrar sin generar demasiada espuma.
- Una vez que la crema esté caliente, incorporala de a poco a la mezcla de yemas, revolviendo constantemente para evitar que se cocinen de golpe. Este paso es clave para lograr una textura lisa y sin grumos.
- Colá la mezcla para eliminar cualquier impureza o burbuja grande, logrando una crema más fina.
- Distribuí la preparación en moldes individuales aptos para horno.
- Colocá los moldes dentro de una fuente más grande y agregá agua caliente hasta cubrir la mitad de los recipientes (baño María).
- Llevá a horno bajo (aproximadamente 150°C) durante 35 a 45 minutos. La crema tiene que quedar firme en los bordes pero levemente temblorosa en el centro.
- Retirá del horno, dejá enfriar a temperatura ambiente y luego llevá a la heladera por al menos 4 horas.
- Una vez bien frías, espolvoreá una capa fina y uniforme de azúcar sobre cada crème brûlée.
- Quemá el azúcar con un soplete hasta formar una capa dorada y crocante. Si no tenés un soplete, mirá los consejos de abajo que te digo cómo hacer el caramelo sin soplete.
Tips y consejos:
- No hiervas la crema. Si se pasa de temperatura, puede afectar la textura final y hacer que la preparación se corte o pierda suavidad.
- Mezclá las yemas con el azúcar sin batir de más. Si incorporás demasiado aire, se forman burbujas que después arruinan la superficie lisa característica del postre.
- Incorporá la crema caliente de a poco. Este paso, llamado “templado”, evita que las yemas se cocinen de golpe y se formen grumos. Hacelo siempre en forma gradual.
- Colar la mezcla es un detalle que marca la diferencia. Permite obtener una textura mucho más fina y profesional.
- El baño María es fundamental para una cocción pareja. El agua nunca debe hervir dentro del horno, solo mantenerse caliente. Si ves burbujas, bajá la temperatura.
- No sobrecocines la crema. Tiene que temblar un poco en el centro al sacarla del horno, ya que termina de tomar consistencia en la heladera.
- Respetá el tiempo de frío. Este postre mejora muchísimo después de varias horas en heladera, logrando una textura más firme y cremosa.
- Para el caramelo perfecto, usá una capa fina de azúcar. Si ponés demasiado, se vuelve grueso y difícil de romper al comer.
- Mové el soplete constantemente al quemar el azúcar. Así evitás que se queme en un solo punto y lográs un dorado parejo.
- Si no tenés soplete, podés hacerlo igual: llevá los moldes al horno en modo grill bien fuerte por unos minutos. Vigilá constantemente porque el azúcar pasa de dorado a quemado muy rápido.
- Otra opción sin soplete es usar una cuchara metálica calentada al fuego directo y apoyarla suavemente sobre el azúcar. No es lo más común, pero funciona para caramelizar la superficie.
- Evitá caramelizar con mucha anticipación. Lo ideal es hacerlo justo antes de servir para mantener ese contraste crocante tan característico.
- Si querés un extra de sabor, podés infusionar la crema con cáscara de naranja o limón junto con la vainilla, logrando un perfil distinto pero muy interesante.
Un postre clásico que combina cremosidad y crocancia en cada cucharada, perfecto para cerrar cualquier comida con un toque especial.