Estas rosquillas caseras tienen ese sabor simple y familiar de las recetas que pasan de generación en generación.
La idea de las cuatro cucharadas ayuda a recordar las proporciones básicas sin complicarse con medidas difíciles.

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Quedan doradas, tiernas por dentro y con una cubierta de azúcar que las vuelve perfectas para la merienda.
Ingredientes
- 2 huevos
- 4 cucharadas de azúcar
- 4 cucharadas de aceite neutro
- 4 cucharadas de leche
- 4 cucharadas de anís, jugo de naranja o más leche
- Ralladura de 1 limón o 1 naranja
- 1 cucharadita de esencia de vainilla
- 1 cucharadita de polvo de hornear
- 1 pizca de sal
- 350 g de harina leudante, aproximadamente
- Aceite para freír
- Azúcar para rebozar
Preparación
- Colocá los huevos en un bowl grande junto con el azúcar. Batí con tenedor o batidor de mano durante unos minutos, hasta que la mezcla se vea más clara y apenas espumosa. No hace falta usar batidora eléctrica; la idea es integrar bien y empezar a darle aire a la preparación.
- Agregá el aceite, la leche, el anís o jugo de naranja, la ralladura cítrica, la esencia de vainilla y la pizca de sal. Mezclá hasta que todo quede bien unido. El anís es uno de los sabores más tradicionales, pero si preferís una versión más suave podés reemplazarlo por leche o por jugo de naranja.
- Sumá el polvo de hornear y empezá a incorporar la harina de a poco. No conviene agregar toda de golpe, porque la cantidad exacta puede variar según el tamaño de los huevos y la absorción de la harina. Mezclá primero con cuchara y, cuando la masa tome cuerpo, seguí con las manos.
- Amasá apenas hasta lograr una masa tierna, suave y manejable. No debe quedar pegajosa, pero tampoco dura. Si se pega mucho en los dedos, agregá un poco más de harina; si queda seca, sumá una cucharadita de leche. El secreto es no pasarse de harina para que las rosquillas no salgan pesadas.
- Tapá la masa con un repasador limpio y dejala descansar durante 15 a 20 minutos. Este reposo hace que sea más fácil formar las piezas y ayuda a que las rosquillas queden más suaves después de la cocción.
- Tomá porciones pequeñas de masa y formá cilindros finos con las manos. Uní las puntas para darles forma de rosca, presionando bien la unión para que no se abran al cocinarse. También podés hacer una bolita, aplastarla apenas y abrir el centro con el dedo.
- Calentá abundante aceite en una olla o sartén profunda. Para saber si está listo, colocá un pedacito chico de masa: si sube despacio y burbujea alrededor, la temperatura está bien. Si se dora demasiado rápido, bajá el fuego.
- Freí las rosquillas en tandas, sin llenar demasiado la olla. Cocinalas hasta que estén doradas de ambos lados, girándolas con cuidado. Tienen que quedar con un color parejo, pero sin quemarse por fuera antes de cocinarse por dentro.
- Retiralas con espumadera y apoyalas sobre papel absorbente durante unos segundos. Mientras todavía están calientes, pasalas por azúcar para que se adhiera bien a la superficie.
- Servilas tibias o a temperatura ambiente. Quedan muy ricas recién hechas, pero también se pueden guardar en un recipiente cerrado para mantenerlas tiernas durante más tiempo.
Tips y consejos:
- La regla de las cuatro cucharadas funciona como una guía fácil para recordar la receta: azúcar, aceite, leche y el líquido elegido en la misma proporción.
- No agregues harina de más. Es preferible que la masa quede apenas tierna y no demasiado firme, porque al cocinarse las rosquillas pueden quedar secas.
- Si usás harina común en lugar de harina leudante, agregá 2 cucharaditas de polvo de hornear para que la masa crezca bien.
- El aceite no debe estar demasiado caliente. Si las rosquillas se doran enseguida, pueden quedar crudas en el centro.
- Para un sabor más clásico, usá ralladura de limón y un poquito de anís. Para una versión más suave, combiná vainilla con ralladura de naranja.
- Rebozalas con azúcar apenas salen del aceite, cuando todavía conservan calor. Si se enfrían demasiado, el azúcar no se pega igual.
- Si querés una cubierta más aromática, mezclá el azúcar con una pizca de canela.
- Hacé rosquillas medianas, no demasiado gruesas, para que se cocinen de manera pareja y queden tiernas por dentro.
- También podés preparar la masa con anticipación y dejarla tapada en la heladera hasta el momento de formar y freír.
- Para conservarlas, guardalas en una lata o recipiente hermético una vez frías. Al día siguiente podés entibiarlas unos segundos para recuperar un poco de textura.
Estas rosquillas son simples, rendidoras y tienen ese encanto de receta casera que nunca falla.
Con la regla de las cuatro cucharadas, la preparación se vuelve fácil de recordar y el resultado queda perfecto para acompañar un café, unos mates o una merienda bien tradicional.