Este postre es puro chocolate, intenso y húmedo por fuera, con un interior suave y bien derretido que aparece apenas lo abrís.
Se sirve tibio, espolvoreado con azúcar impalpable y acompañado con frambuesas frescas para equilibrar el dulzor.

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Es ideal para una ocasión especial o para sorprender con algo clásico y contundente.
Ingredientes
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200 g de chocolate semiamargo
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120 g de manteca
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3 huevos
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2 yemas
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100 g de azúcar
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40 g de harina 0000
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1 pizca de sal
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Manteca y cacao extra para los moldes
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Azúcar impalpable para espolvorear
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Frambuesas frescas
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Hojas de menta
Preparación
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Precalentá el horno a 200 °C. Enmantecá moldes individuales y espolvorealos con cacao en polvo, cubriendo bien base y bordes. Retirá el excedente.
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Derretí el chocolate junto con la manteca a baño María o en microondas en tandas cortas, mezclando hasta que quede liso y brillante. Dejá entibiar unos minutos.
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En un bowl, batí los huevos, las yemas y el azúcar hasta que la mezcla esté ligeramente espumosa y el azúcar se haya integrado.
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Incorporá el chocolate derretido de forma envolvente, mezclando con suavidad para mantener la textura aireada.
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Agregá la harina tamizada junto con la pizca de sal e integrá sin batir en exceso, solo hasta unir.
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Distribuí la mezcla en los moldes, llenándolos hasta tres cuartos de su capacidad.
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Llevá al horno durante 8 a 10 minutos. Los bordes deben estar firmes pero el centro debe mantenerse blando.
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Retirá del horno y dejá reposar un minuto. Pasá un cuchillo por el borde si es necesario y desmoldá con cuidado sobre un plato.
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Espolvoreá con azúcar impalpable y decorá con frambuesas frescas y hojas de menta.
Consejos:
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El punto de cocción es clave: si te pasás de tiempo, el interior se cocina por completo y pierde su efecto cremoso.
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Usá chocolate de buena calidad para lograr un sabor profundo e intenso.
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Si preparás la mezcla con anticipación, podés dejarla en los moldes en la heladera y hornear justo antes de servir.
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Para un contraste extra, podés acompañarlo con una bocha de helado de vainilla.
Servilo recién hecho, cuando todavía está tibio y el interior se mantiene suave y bien derretido.